Alexis Carrel, Premio Nobel de Medicina.
Uno de los pensadores más importantes del siglo XX.
¿POR QUÉ NECESITAMOS AMAR AL CONOCIMIENTO
Y A NUESTROS SEMEJANTES?
Y A NUESTROS SEMEJANTES?
-17
de septiembre de 1969-
©Giuseppe Isgró C.
Iniciar temas como el que nos ocupa, que son de gran
trascendencia social en la orientación de los valores humanos, presupone la
existencia de personas con profundo interés hacia aquellos ideales de auto-superación,
indispensables para una evolución constante.
En realidad, todos los seres humanos, de una u otra manera,
manifiestan profunda preocupación e interés en ocuparse de aquello que estimula
a las facultades intelectuales y les permita un desarrollo de las propias
fuerzas creativas.
Esto indica sobre todo que no se yace estancado y que se está
en posesión de ideales renovadores y definidos. Una acción continua permitirá
coronar exitosamente a los mismos.
Los ideales máximos que ser alguno jamás quedará excluido de
cumplir, son aquellos que esbozan, en primer lugar, el sabio Quilón, el
Lacedemonio, en su máxima: -“Conócete a ti mismo”, y en segundo lugar, aquella
que enseñara otro hombre no menos sabio: Jesús: -“Amaos los unos a los otros”-.
Estas máximas encierran toda la sabiduría –potencial- Universal, lo cual podremos observar en el transcurso
del presente trabajo.
El amor, ese sentimiento sublime en el que los espíritus
humanos comienzan a vibrar en más elevado
grado, cada día, es la ley sabia de la Creación. Es la energía que en el
ser humano manifiesta e inspira los más grandiosos anhelos de palpar la
refulgente luz de la evolución. -Es
decir, estados más elevados de conciencia-.
Es la música que armoniza todas nuestras acciones en el
ascenso de nuestra evolución. Por ende, nuestros anhelos de acción no son más
que manifestaciones de amor hacia aquello que se desea. Pues se ama aquello que
se anhela. Del ser humano depende que ese amor sea sublime o nefasto.
La sabiduría es el galardón del hombre en su continua
progresión evolutiva. Para conquistarla, atraviesa por experiencias sin fin en
un proceso de eterna y continuada vida. Labra en la fertilidad de sus fuerzas
creativas, estudia y en su aprendizaje el inmenso horizonte de la sabiduría se
hace patente. En las profundidades del conocimiento el hombre se pierde y se
percata que poco sabe.
Esto nos recuerda a Newton en la oportunidad en que le
preguntan cómo se siente por sus triunfos en los predios científicos y él
contesta: -“Me parece como si hubiera
pasado mi vida como un niño que cavando un hueco en la arena de la playa
tratara de verter toda el agua del Océano en él”-.
Indudablemente Newton era un sabio, como lo fue también
Sócrates cuando exclamó: -“Yo sólo sé que
no sé aquello que no sé” y fue considerado por la Pitia del Oráculo de
Delfos como el hombre más sabio de su época.
Derivamos de lo anterior sabia lección. El hombre comienza a
ser sabio cuando se reconoce a sí mismo. Entonces él comprende su misión en la
naturaleza y cual Newton experimentado, exclama: -“Nada sé, pero estudiaré y sabré”.
El hombre se ha reconocido a sí mismo cuando a este estado ha
llegado.
¡Hosanna! Saludos al hombre que su identidad espiritual
descubre. En la sabiduría penetra y cual Flamarión en lo infinito profundiza.
Ya el hombre no es pequeño, pues la potencia de su luz se manifiesta, y en el
progreso labra su existencia.
Se necesita amar al conocimiento para cumplir aquella máxima,
ya mencionada, del “conócete a ti mismo”, cuyo amor se manifiesta cual ideal
que lleva al hombre a escudriñar en todo, llegando, gradualmente, a descubrir
que en él mismo se encuentran los secretos del Universo, pero, paralelamente,
se percata de que él no es más que un Universo en Miniatura o Microcosmos, y
que conociéndose a sí mismo podrá conocer con cierta facilidad al Gran Universo
o Macrocosmos.
Pero, sobre todo es necesario no olvidar que si el ser humano
es un pequeño centro de sabiduría y que representa en sí la máxima sabiduría
del Universo, necesitamos amarle, tanto porque nuestros semejantes al igual que
cada uno de nosotros es la expresión sublime de la fuerza creadora universal,
como por la sabiduría que en sí encierra y representa.
Repetimos, es necesario amar a nuestros semejantes porque en
cada uno de ellos estaremos amando la máxima expresión del Creador y toda la
fuerza de sabiduría que Él haya podido imprimir al Universo.
Entonces, preguntamos: -¿Por qué no amar al conocimiento y a
nuestros semejantes, si ello permite la introducción a ese maravilloso campo de
la sabiduría del hombre en su real expresión Universal?
Publicado en el Diario La Prensa, de Puerto La Cruz,
Venezuela, el día Miércoles 17 de Septiembre de 1969.

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