ESBOZOS
SUTILES
23-09-1969
©Giuseppe
Isgró C.
Cuando dispersos los ideales concluyen un
ciclo, la gente busca orientarse de acuerdo con las inquietudes de los tiempos.
La inteligencia, afrontando la solución de las situaciones que la vida diaria
les va ofreciendo, proyecta su luz, iluminando la senda. El ánimo fortalecido
por la integridad de los valores que le sostienen, encuentra el sentido de la
existencia.
La realización activa de las sutiles
cualidades de algunos seres de férrea voluntad y visión de águila, determinan
el cauce en la orientación humana. Todo culmina según se espera. La etapa
transitoria pasa; la nueva nace.
Los hercúleos brazos del hombre del campo
extraen de la madre tierra sus preciadas esencias. Son los proveedores de la
sutil energía que reanima el cuerpo en el diario trajín. La inquieta mente del
hombre de la ciudad, lanzado en activa carrera en contra del tiempo, efectúa
una acción afanada, realizando la obra de los siglos en un esfuerzo supremo por
sobrevivir en las luchas por la vida y culminar exitosamente el proceso continuo
de evolución en sus distintas etapas.
La dinámica juventud que inicia su carrera en
la existencia, completa la trilogía de una sociedad insatisfecha e inclinada a
una renovación de los ideales. Esos ideales caracterizan cada época en la
historia. El libre florecimiento de ellos permite el avance de los pueblos y de
la civilización. La no renovación al culminar la etapa de manifestación,
produce los trastornos sociales y el estancamiento humano, cuya corrección es
necesaria y dará inicio a una nueva época, imprimiéndole el sentido direccional
más conveniente.
El rico y el pobre, el sabio y el ignorante,
todos penden de la sutil esencia que se llama vida. Esa vida tiene leyes y el
ser humano ha de cumplirlas si efectuar quiere su evolución, disfrutando del bienestar
y de la visión amplia que ella proporciona. Todos debieran mostrarse confiados
en las pruebas que la vida pudiera deparar. Si alguna vez la duda tuviera
acceso en su ánimo y se llegara a caer estrepitosamente, quizá ayuda recordar a
Confucio, especialmente cuando dice: -“No hay que vanagloriarse de nunca caer,
sino de levantarse cada vez que se cae”-. Entonces se inicia la lucha con más
fuerza y ahínco y ese mundo inmenso que parecía indomable con sus situaciones
por resolver, se domina, pudiendo salir victorioso en los embates sostenidos.
Es del conocimiento de todos, que es poco
probable que exista quien de una u otra manera se encuentre libre de
situaciones por resolver. Tenía razón Sócrates, cuando dijo: -“Si cada uno de
los seres humanos acumulara sus circunstancias y entre todos formaran una
enorme montaña para luego dividirla entre toda la humanidad, en partes iguales,
cada quien regresaría a su casa con la propia”-.
La observación de lo anterior permite valorar
a cada quien por su auténtico valor, determinando que nadie tenga porque
sentirse más o menos que ningún otro ser humano. Por otra parte, si todos somos
participes de la influencia de las condiciones socio-económicas y humanas,
-¿por qué en un solo querer unánime no habríamos de contribuir a la eliminación
de las causas que las producen y de esta manera disfrutar más de los beneficios
y de los atractivos de la vida?
El hombre lucha por un porvenir cada vez
mejor, aunque éste se presente algunas veces luminoso, y otras precise
aclararse. El ser humano, imbuido de la sutil inspiración de la vida, penetra
en el infinito y va encontrando luces.
Los grandes hombres –y las grandes mujeres-
de la mente, con el aporte dado y por dar, definen en cada época o etapa, el
progreso de la humanidad. Todos contribuyen, y experimentan según que grado de
evolución hayan conquistado. Luchan por una vida mejor, un mayor bienestar y
una cultura más amplia.
Es una aspiración necesaria. Los valores
humanos se deben cultivar cual preciada flor que desvela al jardinero. La
humanidad ha de conquistar su bienestar y su evolución. Quizá sean encarriladores efectivos los ideales de
estudio, amor y trabajo.
Adelante.
Publicado en el Diario La Prensa, de Puerto
La Cruz, El 23 de septiembre de 1969.
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